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¡EL GEN DE LA JUSTICIA!

Milenios de derecho. Milenios de justicia. Milenios de jueces. Milenios de abogados. En el negro basalto del Código de Hamurabi encontramos un registro escrito con letras cuneiformes de hace más de tres mil años. En los jeroglíficos de los templos egipcios aún vemos leyes de más de cuatro mil años. En tantas civilizaciones desaparecidas hubo siempre normas escritas y orales que se trasmitían de generación en generación. Durante siglos la justicia estuvo en manos de sacerdotes-jueces y de reyes-jueces. Más de treinta siglos atrás, el sabio Salomón dió grandes enseñanzas de justicia. Los fallos de los quinientos jueces atenienses. La justicia de los romanos. La fascinante historia del derecho está trenzada con el nivel de la conciencia humana.

Desde el origen de la inteligencia en este planeta, ha existido una regla de sagrada, enseñada por los grandes iniciados y sabios del mundo, una norma que debería estar grabada en nuestras células, nacidas del polvo de las estrellas; una ley eterna que concentra la esencia del derecho y de la justicia universal: “No le hagas a nadie, lo que no te gustaría que te hagan”. Así de simple, así de contundente, así de clara. No necesita de constituciones, ni de leyes, ni de reglamentos. Basta conocerla y aplicarla, para actuar justamente y convivir en paz.

De las tablillas de la ley romana hasta los archivos legales en la nube. Del basalto y el granito, a los “bites”. De las bibliotecas jurídicas a las pantallas de los monitores. Hoy, desde nuestro teléfono celular, podemos conocer las leyes de todos los países del mundo, desde sus cartas magnas hasta los más insignificantes decretos. La información legal está a la distancia de un toque de pantalla, más rápido y sencillo que el “viejo” click. El tiempo que hoy día demora encontrar una norma del Código Penal de cualquier república, resulta muchísimo menor que el que tomaba a un escriba del Nilo marcar un signo con su buril en el duro granito.

Las tablas que recibió Moisés eran guardadas en el Arca de la Alianza y sólo el sumo sacerdote podía verlas dentro del tabernáculo. La ley venía del Altísimo. La ley era muy simple, tan sencilla como una de sus normas: “No robarás”. No establecía causas de atenuación, ni de agravación. No habían vericuetos procesales, ni recovecos judiciales. Los derechos humanos estaban protegidos con sencillez y fuerza.

Las sociedades fueron construyendo enormes aparatos jurídicos para regular casi todas las actividades humanas. El concepto de inocencia se diluyó en el de las pruebas legales. Las tiranías generaron nuevas barreras de ley. Los tiranos-jueces cayeron y el péndulo de la justicia llegó al otro extremo y entonces… surgió la burocracia judicial.

Ahora tenemos millones de normas en el mundo, todo está regulado, nadie puede alegar ignorancia de la ley y todos somos inocentes hasta que se pruebe lo contrario. La democracia ha elaborado un gigantesco tejido legal que cubre todas las actividades humanas. Los abogados se encargan de interpretar, estirar o encoger las normas a conveniencia de su caso. Muchos jueces se tambalean a diario, entre la justicia y la legalidad. Casi siempre los vence la legalidad.

La evolución no cesa. Las huellas de la paleontología jurídica son maravillosas. Los registros históricos de la justicia son sorprendentes. La humanidad sigue perfeccionándose, en su libre albedrío y paso a paso, pero siempre hacia arriba, hasta que algún día sólo una ley esté vigente:

¡No le hagas a nadie, lo que no te gustaría que te hagan!… Y quizá incorporada en nuevo gen producido en el laboratorio del Universo… el gen de la justicia del ADN humano.

 

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