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PRESIONALES DE LA ESTAFA O ESTAFADORES PROFESIONALES

La estafa es uno de los  delitos con el porcentaje más alto de “cifra negra”.  Muy pocas víctimas de fraude se atreven a plantear la denuncia, pues se sienten avergonzadas por haber caído en la trampa de su victimario.  Es un hecho criminal que tiene un índice de condenas menor del cinco por ciento.  Un policía judicial -a raíz de un gran fraude cometido por un banquero con una urbanización, en Cartago- me dijo que la estafa es como una violación moral, pues al ofendido la hace mucho daño pero le da pena denunciar, porque muchos van a pensar que es un tonto.

Muy pocos fiscales tienen claro el concepto jurídico penal de la estafa.  Muchos casos así son enterrados bajo la lápida del  “mero incumplimiento contractual”. Y con la muletilla “vayan las partes a la vía civil o comercial”.  Se repite entre muchos funcionarios fiscales, el criterio inverso de las víctimas estafadas: “solo un tonto hubiera caído en ese engaño”. Es, precisamente, el engaño que sufre el perjudicado, junto con la ganancia ilegal que obtiene el autor, los elementos cruciales de este tipo penal.

Desde el punto de vista criminológico, el perfil del estafador es muy claro. Hilda Marchiori, psiquiatra criminóloga, argentina, describe algunas características propias de estos pillos: personalidad histérica, narcisista, hábil, seductor,  y cree que “todo lo puede”.  En una prisión, aunque no son muchos los hampones presos por esa especialidad criminal, si son fácilmente ubicables, los verá bien vestidos, los zapititos brillosos, bien peinado, con un libro interesante en las manos y muy labioso y educado. Sus vidas son una estafa permanente.

Desde la perspectiva victimológica, el análisis de las características intelectuales, socio-económicas y culturales de “la pareja criminal” es importantísimo para comprender la medición que hizo el timador,  las maniobras engañosas a la que recurrió y el riesgo de que fuera denunciado o perseguido judicialmente.

Como en casi todas las profesiones del mundo, entre los estafadores también hay especialidades y subespecialidades. Desde los grandes pillos como Bernie Madoff quien hizo un fraude por cincuenta mil millones de dólares (condenado a 150 años de prisión, por delitos “extraordinariamente maléficos” según el Juez Denny Chin).  En una entrevista, en  The New York Magazine,  Bernie (ahora de 74 años),  el 6 de junio del 2012  sostuvo: “…que se jodan mis víctimas, era avaros y estúpidos.”

Los timadores de Zapote, de los que la policía nos advierte todas las navidades y cientos de costarricenses siguen cayendo en sus ridículos engaños, son el extremo inferior de la lista de estos sinvergüenzas.

El estafador aplica muy bien “las herramientas de conozca a su cliente”. La observa, la estudia con calma, la seduce y, finalmente, da el golpe. Obtiene el dinero “pacíficamente”. Las oficinas lujosas, los restaurantes, clubes famosos, las clínicas hollywodenses, las fotos faranduleras y todo el ambiente necesario para que su víctima “caiga suavecito”.

La lista de universitarios con nuevos posgrados en fraudes incluye a casi todas las profesiones: arquitectos, administradores de negocios, abogados, notarios públicos y hasta médicos. Basta estar en una fiscalía para ver doctores, mba y licenciados.

Médicos estafadores, en muchas de sus especialidades, se valen de la vulnerabilidad de sus prospectos. Les miden desde la ganas de ser más bonitas hasta el anhelo curarse de una enfermedad. Sus honorarios son muy altos y, a veces, reclaman hasta una “muestra de cariño y agradecimiento”.

Si un médico cobra por un tratamiento para resolver un padecimiento o para lograr una mejoría en el cuerpo de su paciente, cuyos resultados no son los ofrecidos a la víctima o, peor aún, si ésta sufre daños corporales y psicológicos, es claro que podríamos estar en presencia de una estafa y de lesiones dolosas.  Estos no son casos de simple mal praxis.

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