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“EMPAPILLONADO”

Quizá muchos de los doce mil reclusos que albergan los “ámbitos de convivencia” de los “centros de atención institucional” del sistema penitenciario costarricense no conocen el significado del término de la jerga carcelaria:  “empapillonado”.

Las cárceles y los reos de este país han ocupado las páginas, los parlantes y las pantallas de los medios de comunicación en los últimos meses. Llámelos como quiera: presos, internos o hasta privados de libertad, aunque la justicia penal rotule los expedientes con el sello de “reo preso”.  Las cárceles, prisiones, correccionales o ese torpe eufemismo que inventaron hace años “CAI”, son simples bodegas infernales de exciudadanos.

La crisis carcelaria no es un tema novedoso. Muchos cuatrienios han transcurrido sin ningún avance en ese sector. Lo más chistoso fue en el gobierno anterior que la vicepresidenta y ministra de justicia, no hizo nada por mejorar la situación, lo único que anunció con bombos y platillos fue haber instalado de un aparato para bloquear las llamadas de los teléfonos celulares en manos de los internos… y no sirvió. Las estafas y otros delitos cometidos por los timadores que están tras la rejas sigue acaeciendo.

Las prisiones están en manos de los “monos jachudos”, los matones poderosos que controlan un cuarto o un pabellón completo. Esos son los que controlan cuerpos y almas en tales reductos. Ellos son los que dicen a quién hay que matar. Son omnipotentes allí adentro. Manejan los negocios. Todos les tienen pavor. Distribuyen la droga y comercian otras mercancías. Determinan donde duermen los inquilinos de esos aposentos espantosos.

Cuesta imaginar la vida detrás del “abanico”. La sobrepoblación penitenciaria supera el treinta por ciento. El hacinamiento es infrahumano.  En los camarotes duermen tres huéspedes. Uno arriba, otro en la cama baja y otro debajo, en el piso, quien debe escabullirse “como una comadreja” para acostarse.Pero hay presos con peor suerte, los que duermen en los baños, con un inodoro o un orinal de cabecera.  Ahí tienden la “colchonetilla” y a soñar… con una gotera que los moja y con el tufo inenarrable que perdura.

Los “monos jachudos” surten de drogas (marihuana y cocaína) a los presidiarios adictos.  La prostitución o el trueque de cualquier cosa (a cambio de un “perico”, una “piedra” o un “taco”. Los negocios no cesan. Tenis de marca, ropa, lo que sea, lo que sea.

Ahí están los controles policiales, los perros entrenados para detectar drogas.  Pero todo sigue igual. La droga sigue circulando y surge la pregunta obvia: ¿Cómo llega la droga hasta la celda del privado de libertad?  La respuesta es atroz: Siempre hay un reo amenazado o urgido por obtener su dosis, que está presto a transportarla “empapillonado”. Supongo que el término viene de un episodio de la novela autobiográfica Papillón de Henri Charrière (1969), que refiere el sitio corporal donde el personaje escondía un cilindro metálico con su dinero.

 paillon