Policías ¿desmilitarizadas o inermes
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- Posteados: 5 diciembre, 2014
- Autor: adminblog
- Categoría: Juan Diego Castro
Cumplimos 66 años sin ejército. La celebración de aquellos mazasos simbólicos en un muro del Cuartel Bellavista, fue apenas modesta. El presidente Solís ordenó soltar la amarra de la estatua de don Pepe Figueres, escondida en una bodega del museo, durante los dos gobiernos anteriores y ahí olvidada por algunos de sus parientes cercanos.
Aquel acto histórico se consolidó jurídicamente en 1949, cuando adquirió rango de norma constitucional. Desde entonces la Fuerza Pública ha ido conformándose al son de los vaivenes partidistas, de manera desordenada y teñida de un antimilitarismo politiquero.
La función policial a lo largo de casi siete décadas ha tomado diversos nombres y estructuras: Guardia Civil, Resguardo Fiscal, Policía Militar, DIC (Dirección de Investigaciones Criminales ahora es Departamento de Investigaciones Criminales), Guardia de Asistencia Rural, DIS, Organismo de Investigación Judicial, Policía de Tránsito, Policía Fiscal, Policía de Migración y Policías Municipales (hasta 81) y desde 1994 Fuerza Pública, cuando unimos las guardias rural y la civil.
El fraccionamiento exagerado hace que en el Poder Ejecutivo cinco ministerios tengan sus policías: Seguridad, Gobernación, Transportes, Presidencia y Hacienda, además el Poder Judicial tiene su poderosa y deprimida policía y muchas municipalidades las suyas.
Las policías privadas probablemente superen el número de miembros que componen las estatales y municipales. El negocio de la seguridad privada tiene leves controles y peligrosas invasiones al ámbito del deber constitucional del Estado. El panorama es oscuro: desorden, la multiplicación de jerarquías, la descordinación, la ineficiencia, la miseria de sus instalaciones, y lo peor: la inoperancia y los gigantescos costos que no se reflejan en los resultados.
Sólo los partidos politicos no se dan cuenta del caos y la ineficiencia policial, ni de lo sacrificios y frustraciones de sus oficiales. Ahí están los datos, las estadísticas y el desastre cotidiano. En nuestro pequeño territorio el desorden es sorprendente, desde las fronteras invadidas hasta los barrios tomados por el hampa. La seguridad de nuestros mares es deplorable, los guardacostas ni siquiera tienen la capacidad “de monitorear nuestras aguas” y menos, la fuerza de intervención para proteger las riquezas de los mares patrios; probablemente los robos marinos superan los robos en las ciudades.
Ningún partido –de los que reciben miles de millones de deuda electoral cada cuatro años- ha podido diseñar un bosquejo de política policial nacional, que devuelva la real soberanía del pueblo costarricense dentro de sus fronteras terrestres, aéreas y marítimas, y por supuesto que mantenga los niveles de seguridad ciudadana que soñamos.
El debate sobre la “policía que merece Costa Rica” sigue pendiente. Celebramos la desmilitarización, pero no olvidamos que nuestras policías están inermes frente al hampa, la mafia y los piratas, por obra de los politiqueros.
El próximo domingo recordaré el barbiquejo de un tico lindo, que, hace 19 años, chilló en el Castillo Azul por un civilista desfile de la Fuerza Pública. La historia es una espiral… por ahí anda otra vez.
