JUSTICIA RESTAURATIVA
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- Posteados: 12 octubre, 2012
- Autor: adminblog
- Categoría: Juan Diego Castro
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Fue realmente impresionante ver al imputado y a su esposa, a la madre y a la hermana de la víctima, todos abrazados, llorando desde el alma y dándole gracias a Dios. Estábamos en una sala de juicios –ahora azul- del primer circuito judicial de San José.
Era el único estrado con las luces encendidas, al final de la tarde del martes. Recién acababa una larga y complicada audiencia ante un tribunal de tres juezas, tres señoras juezas penales.
Los vericuetos procesales y los turbios laberintos de ley, muchas veces hacen que la luz de la justicia no pueda ser percibida fácilmente por las víctimas. La oscuridad del túnel del litigio dejan a muy pocos sin enceguecer. Tres, cinco y más años de pleito, agotan la paciencia y destruyen la tranquilidad de cualquiera.
La audiencia había concluido. Finalmente la candelita de la buena voluntad, del perdón y de la paz empezaba a esparcir su inconfundible brillo. Las juezas ya se iban y los abogados recogíamos las cédulas de las partes y de repente, la presidenta nos alerta: Miren, miren… ¡Están abrazados!…
Ahí en el estrado, entre el sillón de los declarantes y los escritorios de los jueces, en esa terrible geografía alfombrada de miles de conflictos, surgía una esperanza, el abrazo del perdón entre víctimas y victimario perfumaba el ambiente.
Acabábamos de rearmar el rompecabezas de un caso terrible que muchos recordaran. Aquel pavoroso accidente del 2009, cuando en la radial de Zapote, falleció una pareja y una cámara de video captó ese instante de colisión y muerte.
La vida de Greta y William terminaba entre latas retorcidas y terror. Aquí quedó el dolor y un enorme expediente cosido con cáñamo de legalidad.
Antes de acabar, la jueza presidenta había hablado de “justicia restaurativa”, concepto que empieza a superar la barrera de la teoría y ya va dejando su huella sanadora -aún lentamente- en la solución justa y solidaria de los conflictos penales.
La esposa del acusado y su marido pidieron perdón. Humildemente, francamente y sin ningún aspaviento. Sin que quedará en las actas o en el video tribunalicio. Sin pacto entre letrados.
Fue un rito espontáneo y sagrado, entre cuatro seres humanos golpeados por la locura de nuestras carreteras, creyentes en el Altísimo, con la sencillez de quienes no necesitan más ceremonia que las lágrimas de su arrepentimiento y de su franco perdón.
Ese momento mágico nos dejó una gran enseñanza, que quedó marcada para siempre como una florecilla blanca en nuestras viejas togas: Aún hay esperanza.
Aún podemos construir un sistema de justicia que ilumine nuestra sociedad, donde la manoseada resolución de conflictos vaya más allá de un arreglo económico o de una sentencia. Una justicia que llegue hasta el corazón y la mente de las partes.
En más ocasiones de las que se puedan imaginar, se que las víctimas están dispuestas a perdonar sinceramente y a restaurar la paz social y sobre todo la paz interior.