La armónica de don Flor
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- Posteados: 30 diciembre, 2013
- Autor: adminblog
- Categoría: Juan Diego Castro
Mi buen amigo Carlos Vargas Fernández me obsequió una antigua armónica que perteneció a Florentino Castro. A él se la había regalado mi tía Chichi y la guardó por muchos años, hasta que pensó entregármela para que yo la conservara. Don Manuel Obregón fue testigo de tan significativo regalo y tuvo la amabilidad de hacer una semblanza de mi abuelo Florentino y del apoyo que brindó a músicos y artistas costarricenses, en la primera mitad del siglo anterior.
No tuve la suerte de conocerlo, pues nací cuatro meses después de su fallecimiento, en 1955. La historia y las leyendas sobre mi abuelo boyero que llegó a ser uno de las mayores cafetaleros del país, ocuparon muchas horas de los cuentos que escuché a mi padre y mis tías. Podríamos titular algunas de crónicas inolvidables como: El hombre amoroso que enviudó aún veinteañero, ya con cinco hijos. El empresario que perdió una pierna por impericia médica. El marido traicionado por su segunda esposa, mientras estaba hospitalizado en Nueva York. El campesino que llegó hasta segundo grado de primaria y murió millonario. El padre de veinticinco hijos, que a todos reconoció y heredó. Las tres esposas y las cuatro novias de un cafetalero nacido en 1875. Los bastones de cocobolo de un empresario honesto.
Cuando recibí el simbólico instrumento de manos de Carlos, mi mente voló de la finca La Central en la faldas del Volcán Turrialba a la casona de La Lindora. Imaginé al viejo músico, dedicado a la agricultura y la ganadería, tocando su armónica o dulzaina (como llamábamos a esos pequeños instrumentos), entonando alguna canción nostálgica que le recordaba a su mujer amada y lo transportaba a los instantes inolvidables de sus travesías boyeras hacia Puntarenas.
Don Flor, como lo reconocían los banqueros y los peones, los políticos y los cafetaleros, era un empresario que trabajaba de sol a sol, de Turrialba a Carrizal, de la lechería en Turrialba hasta el beneficio de café en La Uruca. Valiente y amable. Firme y honrado. Sostenía que la mayor virtud que podía tener un ser humano era saber decir que no. Las crisis económicas y las caídas del precio del café lo llevaron a la bancarrota y siempre tuvo la visión y la entereza de volver a empezar y triunfar en sus proyectos. Don Flor nunca, nunca, dejó de honrar sus deudas, hasta el último céntimo. El honor y el buen crédito eran sus bienes más preciados.
Siempre estuvo dispuesto a colaborar con las comunidades donde operaban sus compañías. Fue muy activo en la política -sin ocupar ningún cargo- expresando sus puntos de vista y sus críticas a los gobernantes y a los jueces que no cumplían con su deber. No fue socio de clubes aristocráticos, ni amigo de fanfarrones “mantudos”.
Además de la armónica, tocaba acordeón y guitarra. Don Flor era un caballero muy alegre. Los bastones que siempre usaba para caminar, eran confeccionados por docenas, por su amigo tornero. Los gastaba en sus andaduras y alguna que otra vez, cuando un sinvergüenza lo sacaba quicio… su bastón explotaba en trocitos de ira, de roble o de cocobolo.
Gracias Carlos por este valioso regalo. Cuando veo la armónica de don Flor en mi biblioteca, imagino la música que salía del corazón de mi legendario abuelo.
