Gabachas blancas y gabachas de rayas blancas y negras
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- Posteados: 28 marzo, 2014
- Autor: adminblog
- Categoría: Juan Diego Castro
Siempre he admirado a los médicos. Y hoy más que nunca. Recuerdo a los primeros doctores que conocí, cuando era un chiquillo: Arturo Robles Arias, Álvaro Rivera Chacón y Julio Rivera Rivera, con sus gabachas impecables en aquel Cartago de los años sesenta. Humanitarios, sabios, atentos, simpáticos y sobre todo apasionados por el arte de curar. Su sola presencia reflejaba tranquilidad y confianza. El Dr. Rivera Chacón, a quien tuve la suerte de saludar hace algunos meses, me atendió con mis gripes, con paperas y con sarampión: Llegaba a casa a ver a mi hermanita Diana y a mí, con su mágico maletín de cuero negro lleno de amor y remedios. El susto de un divieso que me zajaron en la rodilla, antes del desfile del 10 noviembre de 1965, para conmemorar la “enseñanza pública, obligatoria y costeada por el estado”. La sutura de mi cuero cabelludo cuando me caí del balcón de la casa de mi abuela… y entonces perdí el miedo… Más de medio siglo de memorias que renuevan mi gratitud y respeto por los verdaderos discípulos de Galeno.
Cuando nacieron mis hijas y mis hijos… inolvidables momentos de emoción sin límites y la seguridad de contar con el auxilio profesional de seres humanos de gran capacidad técnica e indudable nivel ético. Al enfrentar el cáncer, en los últimos años, conté con el apoyo de doctores talentosos y honorables: Julio Pacheco, Mario Zúñiga, Kian Ang, Amy Hessel, Ana Cecilia Morales, Vladimir Carazo, Sebastián Vaquerano, Isaías Salas y mi sobrino Ricardo Estrada, quienes me guiaron por el camino de la curación.
En la Universidad de Costa Rica fui alumno del doctor Eduardo Vargas Alvarado, uno de mis mejores profesores de la Facultad de Derecho. Sus clases de Medicina Legal, de profundo rigor académico e invaluable aprendizaje. Uno de los únicos dos profesores que durante mis cinco años de universidad utilizaba un proyector de “slides” en sus geniales lecciones, en el viejo edificio universitario, frente a la Corte. Más de un cuarto de siglo de Jornadas de Medicinas Legal, con maestros de las ciencias forenses como Carlos Abarca, Sisy Castillo, Raúl Bonilla y muchos más que me han ensañado muchísimo y sobre todo de ética médica.
También conozco a médicos irresponsables y sinvergüenzas. Un desalmado capaz de gritarle a una familia frente a su padre muerto: “¡Qué Jesús y ni qué nuestro señor… si hubieran usado su tarjeta de crédito y me hubieran pagado… su papá estaría vivo…”. Atorrantes que utilizan el reverso de su libreta de recetas para hacer cálculos de honorarios de una operación innecesaria. Mercachifles que realizan actos quirúrgicos simulados con el único propósito de ver cualquier numerillo de seis ceros en la pantalla de su cuenta bancaria.
Las últimas semanas han llenado páginas, parlantes y pantallas de casos de delincuencia médica. La situación es muy grave y merece la total atención de la sociedad civil y claro está, de los dirigentes políticos y muy especialmente de las altas autoridades de la seguridad social. Hoy día, algunos hospitales se han convertido en zona de caos, penumbra y corrupción.
Los biombos, las comisiones millonarias pagadas por los proveedores, las prótesis fantasmas, las turbias becas en el exterior, los viajes en clase ejecutiva, las invitaciones a congresos vacacionales… son solo algunas de las bombillas rojas que se encienden en el tablero del desastre ético de la medicina criolla.
Ojalá que la seguridad social logre superar esta pavorosa crisis y podamos ver la claridad en todos los hospitales de nuestra Patria… y así algunas putrefactas gabachas se tiñan de rayas blancas y negras, al menos por la sombra de los barrotes.
