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Piquín, el sabio barbero

Desde hace cuarenta años conozco a Piquín.  Desde mis primeros días en la Universidad de Costa Rica, en marzo de 1973 y parece que fue ayer. Disfrutaba de las inolvidables clases de Estudios Generales, con los profesores: Isaac Felipe Azofeifa, Rosita Giberstein y Nury Raventós.  La salvaje tradición de rapar a los nuevos estudiantes aún se mantenía y nadie se salvaba de algunos tijeretazos en su cabellera, aunque hubo más de un caso de heridos graves y se acabó.  Ya había pasado por ese rito, cuando inicié mi secundaria en 1968, fui rapado en una esquina del barrio Amón, al frente de la casa del Dr. Aguilar Peralta, entonces ministro de Salubridad Pública.

Como estudiante de Humanidades tuve la suerte de que apenas me cortaron unos pocos mechones. Esa misma mañana busqué ayuda en la antigua Barbería Rex, cerca de la iglesia de San Pedro. Me recibió Chago, el dueño y le pidió a su sobrino José Joaquín Alcazar, Piquín, que me atendiera.  Me peló y disimuló los tijeretazos. Por dicha no tuve que raparme.  Desde entonces he puesto mi cabeza y mi barba en sus manos. Hemos forjado una gran amistad.

Mi barbero se independizó e instaló su “Peluquería Piquín”.  En esas hermosas sillas rojas con plateado, hidraúlicas, con cabecera, sentados y acostados, pasamos cientos de clientes que lucimos nuestras barbas, nuestros bigotes y cabelleceras recortadas con perfección.

Visitar a Piquín es más que una estupenda rasurada, es compartir las más sabrosas tertulias de temas apasionantes:  desde la política al fútbol  del amor a los hijos, del trabajo y los paseos, pero cuando hay un chisme fresco, las gozadas son irrepetibles.

Si tengo la suerte de pasar en la mañana, disfruto de la simpática tertulia de los amigos del “Club de la Paloma Muerta”,  encabezado por don Leví, don Hernán y don Carlos. Pensionados y cuenta cuentos geniales. Los chistes, las anécdotas y las revisiones geneológicas de cualquier vecino que ha caído en el asador, revelan datos insospechados que obligan a Piquín a llamar la atención del cliente: “Estese quedito porque lo puedo cortar…”.   Las carcajadas de esa tremenda cofradía de lenguas filosas, callan el ruido de las tijeras y la “peluqueada” se convierte en una experiencia fantástica, olorosa a cafecito fresco y a colonia 4711.

Hace dos años celebrábamos el cincuentenario profesional de Piquín. Con tijeras de oro, serenata con acordeón y brindis, ahí en la peluquería, con la asistencia de casi todos sus clientes: profesores universitarios, embajadores, políticos, curas, médicos, empresarios, camioneros, mecánicos, jubilados, sindicalistas, deportistas, todos amigos del viejo y sabio barbero.

El análisis caústico de las noticias políticas, judiciales y deportivas, es a diario. Las tijeras del debate siempre son tan filosas como las de Piquín.