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LA POLITICA JUDICIAL ES FINA Y TREMENDA

Dos meses sin decidir quien presidirá el Poder Judicial. La Corte Plena está trabada. Los invisibles remolinos políticos y las añejas intrigas magistrales impiden que los veintidós jueces supremos logren ponerse de acuerdo. Así pasa en la resolución de muchos casos que toman años y años para ser fallados. El mensaje que los políticos con toga trasmiten a la sociedad civil es atroz. Ahí, en el templo principal de la justicia nacional, prevalecen los caprichos y las vanidades de quienes aspiran, abierta y solapadamente, a la silla principal de la gran mesa en herradura.

La asociación de la judicatura clamó públicamente por un presidente judicial probo. Parece una verdad de perogruyo, pero la dirigente de ese gremio fue contundente y muchos nos preguntamos ¿Será posible que alguno de los aspirantes a ese cargo, no sea probo?

Algunos magistrados destaparon –tímidamente- la olla de grillos y denunciaron en la prensa lo que en los pasillos tribunalicios se rumora desde hace semanas. Hay pequeños grupos magistrales que están retrasando la decisión, conspirando, presionando. Sus cábalas son simples, en veintidós votos, con doce se gana, pero aún no hay quien los sume. El poder está cuarteado y las rivalidades y resentimientos pesan. Apuestan al desgaste del adversario y a los integrantes suplentes.  Ahí nada sucede por casualidad.

La política judicial es fina y tremenda. Decenios en el poder curten a sus actores, quienes saben muy bien como moverse sigilosamente, sin parpadear, sin ningún aspaviento. Son ellos los que redactan sus leyes internas y fijan sus reglas del juego. Nada está en manos del azar. Es política destilada y espejo de la atomización partidaria imperante en el país.

Los gravísimos problemas que deterioran la justicia costarricense: su lentitud espantosa, la mediocridad de algunos funcionarios, el verticalismo burocrático, las turbias consultorías internacionales en manos de una poderosa argolla, son generados por una política judicial aislada de los intereses de la sociedad civil y producto de una estructura anacrónica de ese poder de la república.

El espectáculo judicial, con su contrapunto, su ridículo secretismo y sus torpes movidas de fichas resbalosas, impacta la conciencia nacional y confirma la decadencia política que nos hunde en el retraso y la frustración.

Por ahora, esperar y contar los meses que faltan para que haya “humo blanco” y pedirle a Dios que nos libre del continuismo y del ungido de la Dinastía del Purisco.

No pierdo la esperanza en el cambio, en la entereza y en la valentía de algunos magistrados y magistradas que actuarán conscientemente.

SILLA-VACIA