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La cuatro mosqueteras de la fiscalía

Juan Diego Castro / 20.04.2012 Es un espacio de alrededor de veinte metros cuadrados. Sin aire y sin luz natural, con cuatro escritorios, rodeado de anaqueles repletos de expedientes. No menos de quinientos.

 

Dos ventiladores soplando. Papeles por todo lado. Un percolador para calmar la ansiedad.  Cuatro viejas computadores.

El calor es insoportable. El ruido es pavoroso. Los cuatro teclados no cesan ni un minuto. Hay personas declarando frente a las cuatro auxiliares. Todos hablan al mismo tiempo. Suenan los dos teléfonos al unísono, con un timbrazo estridente. Los expedientes de desbordan por todas partes.

Las cuatro auxiliares judiciales, están concentradas en sus labores, tranquilas, amables y siempre muy atentas.  Acompañé  a un cliente extranjero, con la traductora. La escribiente y el fiscal le explicaron sobre los aspectos propios de la entrevista. La declaración fue lenta, pues la traducción debía ser precisa. La funcionaria cumple a cabalidad con su papel y sobre todo lo hace gentilmente.

El calor y el ruido son espantosos.  Las cuatro funcionarias siguen en cada uno de sus escritorios atendiendo a los deponentes. Todas actúan con profesionalismo y respeto.  El barullo y el sopor parece que nos las perturba. O quizá ya se han acostumbrado a esas condiciones de trabajo tóxicas.

Con dificultad esas funcionarias judiciales logran correr la silla para poder levantarse. No pierden la calma, ni la amabilidad. No descansan ni un minuto. El ruido sigue. El calor aumenta, los abanicos eléctricos esparcen el aire viciado y parece que de un momento a otro, todos vamos a quedar desconectados.  En menos de veinte metros cuadrados, trabajan cuatro escribientes, y cada una atiende a un declarante.  Hay no menos de ocho personas hablando al mismo tiempo, al compás de los tamborcillos de las teclas.

El ambiente es sofocante. Las muchachas siguen tranquilas, sin inmutarse, trabajando, sudando, agotadas. Siempre amables. Ellas son las auxiliares de la Fiscalía de Heredia. Agradecimiento y respeto para estas mujeres condenadas a la incomodidad y al estrés, en una oficina donde se incumplen las reglas básicas que protegen la salud ocupacional.

Vi también que el Poder Judicial está reconstruyendo la fachada del edificio de Tribunales de Heredia. Magnífico. Probablemente dentro de pocos meses también van a remodelar la fiscalía. Ojalá. Pero cada hora que estas funcionarias pasan en ese diminuto infierno de papel, ruido y calor, están poniendo en peligro su salud.

Siempre he creído que las funcionarias y los funcionarios judiciales son los mejores empleados públicos, por su dedicación, por su compromiso y sobre todo por el alto nivel ético que ostentan. Afortunadamente los casos contrarios son excepcionales, pero existen.

Al ver la pirámide de la injusticia, frente al edificio de la Corte, recuerdo  los quinientos millones de colones que fueron despilfarrados en ese adorno innecesario y vanidoso.

A las cuatro mosqueteras del Ministerio Público de Heredia, mi respeto y mi gratitud ciudadana. Ojalá que las funcionarias encargadas de los programas de género del Poder Judicial,  las visiten para que las condiciones insalubres en las que trabajan sean corregidas de inmediato.

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