Pitirrique
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- Posteados: 31 mayo, 2012
- Autor: adminblog
- Categoría: Juan Diego Castro
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Juan Diego Castro
1 junio 2012
Los zaguanes tribunalicios están llenos de sorpresas. Siempre observo a los ciudadanos y a las ciudadanas que caminan por esos pasillos, en busca de justicia, con la esperanza de resolver los conflictos que los agobian, mientras el tiempo pasa y la respuesta tarda. Los rostros de “los usuarios del Poder Judicial”, reflejan la ansiedad, el dolor y la desesperación frente a la cruel lentitud que impregna el trámite de los procesos.
La cortesía de gran parte de los funcionarios judiciales y especialmente de los oficiales y las oficiales encargados de la seguridad de los edificios, se percibe por todas partes. La revisión minuciosa en los arcos de entrada, el registro y confección del “marchamo” para ingresar a las salas de juicio, siempre están acompañados de un saludo y de expresiones atentas. La vocación de servicio es impresionante y los diferencia de otros empleados del Estado.
Pongo mucha atención a los jueces y a las juezas cuando se dirigen a sus estrados para iniciar los debates. Vestidos impecablemente, con una seriedad impresionante, de paso pausado y firme, con la mirada clara y profunda, dispuestos a lucir la impecable toga de su sagrado ministerio.
En los laberintos judiciales quedan a diario muchos hilos de Ariadna, silenciosos testigos de historias de vida, con sus tragos dulces y sus tragos amargos. El minotauro de la injusticia no ha muerto aún.
En las últimas semanas he estado trabajando en un largo juicio en el Tribunal Penal de Cartago. Los recuerdos de mi infancia contrastan con el barullo del templo de Astrea y las mañas del adversario. Ahí, en la antigua Plaza dela Soledad, jugué con mis amigos Hernán y Juan Carvajal, anduvimos a caballo, gozamos en los carros locos, disfrutamos de algún circo y hasta vimos corridas de toros. ¿Habrá cambiado tanto? Las caras tribunalicias se parecen a las de hace medio siglo… en la rueda de Chicago…
De repente me saluda un señor muy simpático: ¿Se acuerda de mí? Claro… Pitirrique. Sólo han pasado treinta años. Abrazos. ¿Te metiste en otra torta? No licenciado, ando ayudándole a este compa a salir de un clavillo. Yo soy reeducado gracias a Hogares Crea. Ahora vivo tranquilo y no le hago a la droga. Otro abrazo.
Hacía mi servicio social y defendí a Pitirrique en un pleito por receptación de una bolsita de fulminantes que un guardia rural encontró en el patio de su casa. La jueza era doña Dunia Chacón, a finales de los años setentas. El fiscal no tenía ninguna prueba y mi cliente ya había sido condenado por otra torta. No había mucho que hacer, simplemente absténgase de declarar y punto. En pocos minutos se desarrolló el debate, el imputado se “retuvo”, el fiscal solicitó la condena, yo pedí que lo absolvieran. Finalmente la jueza le preguntó a Pitirrique si quería decir algo y él con la mayor franqueza expresó: No lo vuelvo a hacer licenciada… Lo majé. De inmediato la condena y seis meses para el bote.
Suerte mi estimado Pitirrique en tu nueva vida… y no lo vuelva a hacer.
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